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Publicado en Pastoral y Pedagogía

 

Sin pretender que esta reflexión caiga en los extremos señalados, será bueno recordar que, como educadores, no podemos permanecer indiferentes a los cambios sociales, muchos de ellos derivados de cambios tecnológicos.

En educación, se vive el pánico de la innovación porque atenta contra un “sedentarismo” que colma todas nuestras aspiraciones y nos permite vivir en el remanso pacífico del nido del perezoso, o en el hogar sagrado de lo “propio”, lo personal, lo individual.

No podemos caer en el error de:

-Atentar contra una realidad, historia de hoy, vivida por el alumno y el mundo que lo asedia.

-Olvidar el presente y seguir teniendo en cuenta el pasado para iluminar nuevos caminos.

-Ver las cosas desde una  perspectiva histórica irreal, inadecuada, desfasada.

-Querer imponer soluciones al presente desde teorías o principios únicamente  válidos en el pasado.

-Desconocer la evolución del pensamiento social, del comportamiento humano y del dinamismo interpretativo de la ética humana.

-Negar la capacidad creativa de las nuevas generaciones que se rebelan contra estructuras estáticas prefabricadas y reductoras.

Nos toca, pues, a todos los educadores, y principalmente a los educadores católicos, vivir una actitud de alerta renovadora en lucha constante contra el facilismo, la comodidad, el inmovilismo, la flojera y el indiferentismo para así:

-Dar una respuesta actualizada a inquietudes y planteamientos.

-Orientar desde lo que se vive, se interpreta, se analiza y se discute.

-Ser siempre elemento de referencia, como quien posee o está en búsqueda de la verdad.

-Poseer la capacidad de analizar situaciones nuevas desde un contexto histórico actual, encarnado en una realidad social dinámica.

-Iluminar el camino de niños y jóvenes desde la luz de la verdad del Evangelio, cuyos principios éticos y morales gozan de permanente vigencia.

La invitación es a involucrarnos en procesos de renovación y actualización para evitar caer en esta fatídica atrofia profesional.

Hno. José Pereda Núñez